1 de marzo del año 1478

Vuelvo a despertar, está vez me cuesta más parpadear, hay mucha luz, me duelen los ojos. Gimo ligeramente por la excesiva claridad de la habitación, y ya tengo la delgada mano de Rafaela sobre el hombro. Durante los innumerables sueños que he tenido este tiempo que he dormido, algunos de los cuales eran pesadillas, cuando he tenido miedo he sentido esa mano en mi hombro. Ya no tengo miedo de ella, confío en ella, en que me protegerá, en que me cuidará, que me ayudará a sobrevivir, porque es lo que yo hago: sobrevivir. Muevo la cabeza, en su busca, y al verla, me sonríe y me muestra sus perfectos y afilados dientes. Me habla con su bonita voz como la última vez:
- Buenos días.
No puedo abrir demasiado los ojos: me duele la claridad que entra por, deduzco, una ventana, así que pruebo de decirlo, pero mi voz sale ronca y rugosa, y no puedo decir más que:
- L...Luz....

Me duele la garganta al haber pronunciado esas palabras, la tengo muy seca, ni siquiera la saliva me la alivia. Me duele incluso tragar saliva. Rafaela al oír mis palabras levanta la vista detrás mío, y asiente. A continuación se levanta, da la vuelta a la cama. La sigo con la mirada como puedo, entonces coge una especie de tabla o algo, y la pone sobre la ventana, quedando a oscura. Ya no la veo. Pero la oigo, se está alejando. ¿A dónde va?¿Me está dejando? Pero oigo otro ruido, es chirriante y parece que abren algo que hace tiempo que no se abría. Entonces vuelvo a ver, entraba un poco de luz por una pequeña ventana que estaba al otro lado. Rafaela vuelve a mi lado, y se sienta en la silla que hay al lado de la cama, que antes estaba al lado de la mesa. Me intentó humedecer los labios, que tengo secos. Rafaela vuelve a hablar.
- ¿Puedes decirme tu nombre?
Su forma de mirarme, interrogante, preocupada, interesada, hizo que de verdad pensara encontrar la respuesta a esa pregunta, cosa que no había intentado desde... ¿Desde hace cuánto? ¿Cuánto hacía que estaba allí? ¿Quién era antes? ¿Quién? Entonces vinieron a mi mente imágenes recortadas de mi pasado: una infancia en guerra, hermanos muertos, muerte de mi madre, soledad, tristeza, desesperación, muerte de mis únicos hermanos vivos, destierro, violaciones, muerte, y más muerte. Pero solo un nombre: Sybille. Nada más, ni siquiera un apellido, lo había bloqueado, hacía tiempo que lo había negado. Suelto un largo suspiro, al intentar hablar. No sale nada. Lo vuelvo a probar. Un gemido. No puedo, tengo la garganta seca. Me llevo a duras penas, instintivamente, una mano a la garganta. Me duele. Entonces Rafaela parece darse cuenta de algo. Se levanta y va hasta una especie de arcón que había en un rincón. Me trae una especie de vaso, que deja fuera de mi vista mientras me ayuda a sentarme. Cuando me lo acerca, lo veo bien: no es un vaso, es una especie de biberón. Lo cojo, y me lo acerco no demasiado confiada. Huele... No sé a qué huele pero mi cuerpo parece reconocerlo, porque rápidamente me lo llevo a la boca. No sé qué es pero es... dulce, amargo, ácido, salado, pastoso, suave, duro, todo a la vez, y no puedo hacer nada más que chupar, chupar y chupar. Estoy desesperada, en ese momento noto que debía hacer mucho tiempo que no bebía ni comía, que necesito nutrirme ya. Bebo de manera desesperada hasta que no queda más. Entonces al quitármelo, noto gotas en las comisuras de los labios, las cuales con la lengua, me las quito. Trago saliva. Ya está. Ya no me escuece. Puedo sentir la garganta bien. Tragar saliva no me duele. Me giro para mirar a Rafaela y le doy el biberón, y le sonrío ligeramente. Me aclaro la garganta y hablo por primera vez en mucho tiempo:
- Sibylle. Así es cómo me llamo.
Rafaela me sonríe, y habla ella:
- Bonito nombre. ¿Eres consciente de tu situación?
¿Qué situación? Es lo que me pasa por la mente. ¿Qué me pasa? ¿A eso se refiere? No, no tengo ni idea de que me está pasando. Así que niego con la cabeza. Rafaela suspira, cierra los ojos y abaja la cabeza, como si estuviera cansada, después vuelve a subirla, y me mira seria con esos grandes ojos negros que llaman la atención.
- Moriste.
Mi mente no procesa esa información. ¿Cómo puedo haber muerto? Estoy aquí, ¿no? ¿O esto es el cielo? Me empiezo a poner nerviosa, empieza a aumentarme el ritmo de respiración, hacia la híper ventilación, me tiembla la mandíbula. Me pongo tensa, entonces Rafaela vuelve a ponerme una mano en al brazo y me lo acaricia ligeramente, silbando ligeramente a fin de que me relajara.
- Pero gracias a mí, volviste a la vida. Como... una... ¿Como puedo decírtelo sin que te dé un ataque?
Trago saliva, no me gusta el rumbo que está tomando, pero si esa va a ser mi realidad, voy afrontarla. Así que ahora sí, nerviosa pero decidida, asiento con la cabeza mirando a Rafaela a los ojos, la cual debe ver mi determinación y se aclara la garganta.
- Como una vampiresa.
Se me cae el alma a los pies. ¿Como una chupasangre? ¿Como una sanguijuela? ¿Ella? Pero... Pero si no existen. Mi cara debe reflejar la enorme sorpresa que eso me ha provocado puesto que Rafaela habla de nuevo:
- Sé que es difícil de creer, pero es así. Como te dije, seré tu tutora y te ayudaré a hacerlo bien, a sobrevivir.
Rafaela me da la mano y me la estruja ligeramente para transmitirle tranquilidad y proximidad, para darme a entender que está allí. Respiro hondo.
-¿Qué era lo del biberón?
Digo en un susurro, no quiero afrontarlo, me imagino qué es, pero me da miedo, admitir qué acababa de beber... Beber... Eso. No puede ser cierto. Entonces es cuando pasa lo que no me esperaba, Rafaela sonríe, en contra de todo lo que yo esperaba.
- Un preparado que hago en sustitución a la sangre, seguro que lo has encontrado delicioso y eso se debe a que hace cosa de dos meses que duermes y no comes.
Eso me hace sentir mejor. Todavía tengo salvación, no he tomado sangre. Sonrío ligeramente. Me siento bien, no siento incertidumbre, ni vacío. Solo sé que en comparación a antes, ahora estoy muy bien. Trago saliva.
- ¿Entonces...?
Rafaela me mira seria y algo triste, pero a la vez preocupada. Sabe qué pregunto, y yo sé también qué va a contestar. No quiero oír la respuesta.
- Sí, tendrás que beber sangre para salir adelante.
No puede ser. No quiero creerlo. ¿En qué me he convertido? ¿Qué soy? ¿Una aberración? ¿Un monstruo? Prefería estar muerta a eso, prefería que me hubiera dejado morir. Niego con la cabeza, y me aferró con fuerza a mi abultada barriga. Las lágrimas pugnan por salir de mis ojos, cierro los ojos con fuerza para que no salgan.
- No, no... No...
Es lo único que puedo decir, un susurro, que escapa entre mis labios. No puede ser cierto, esto no puede estar pasando, ¡esta no puedo ser yo! Tiene que haber alguna equivocación, tiene que ser un sueño, no puede ser real. Así que me pellizco: nada. Más fuerte: nada. Empiezo a golpearme: no sucede nada, tan solo me duele. Rafaela me para rápidamente, prácticamente no la veo moverse. En un instante me tiene sujeta con sus brazos, impidiéndome moverme. A pesar de parecer débil y delgada posee mucha fuerza. Su mirada no muestra desaprobación ni ira, simplemente... ¿Tristeza? ¿Consolación? ¿Comprensión? ¿Qué sabe ella sobre lo que siento? Seguro que es una maldita chupasangre desde sus inicios, y piensa que eso está bien. Pero habla y no dice lo que yo espero oír:
- Sé cómo te sientes, sé que piensas que no está bien, sé que piensas que no puede estar pasando, que es un sueño. Pero lo siento, esto es de verdad, y si sigues así te lesionarás y harás daño a tu bebé.
¿Bebé? ¿Qué bebé? Yo no tengo ningún bebé. Entonces caigo: la barriga. ¡Estoy embarazada! Tengo un bebé en la barriga, ahora me acuerdo de todo. Me habían echado, porque iba a tener un bebé y estaba enferma. Y había acabado en la nieve medio muerta, y había visto a la muerte. No, no era la muerte, era Rafaela, que con el cabello negro me había parecido la parca que venía a buscarme, y no me había equivocado demasiado. Rafaela me había convertido en un monstruo, en una vampiresa. Las lágrimas corren ahora libres, por mis mejillas. Y me encojo tanto como puedo, tanto como la tripa me lo permite, para poder llorar, poder desahogarme. Veo como Rafaela estira el brazo para tocarme y consolarme, pero sacudo la cabeza, no quiero que me toque, así que ella se queda mirándome, con las manos sobre el regazo. Su cara es triste, y a la vez elegante. Está serena. Ese es mi último recuerdo, de mi primer día consciente de mi nueva naturaleza. Después, solo oscuridad, dolor, frustración y descanso.

1 comentario:

  1. mmm probablemente la letra quede bonita, estéticamente, pero complica un poco la lectura...

    PD:revisa un poco la ortografia, los lectores lo agradeceran!

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