2 de marzo de 1478

Creo que es por la mañana. O esa es mi impresión. He dormido mucho, y me duele la espalda. Me estoy abrazando la piernas, quizás ese sea el motivo del dolor de espalda. He dormido hecha un ovillo. Estiro las piernas con cuidado, y echo los hombros para atrás, con cuidado. La espalda me cruje ligeramente, y me sigue doliendo la tripa. Me la miró. Es grande. ¡Estoy embarazada! Por fin todo cobra sentido, tengo la barriga así, porque tengo a un niño dentro, por eso me duele. Solo que no creo que sea un niño normal. Me está haciendo daño, me deja unos moratones enormes y siento que me chupa la energía. Algo no va bien. Miro a mi alrededor. Rafaela no está. Mejor, o quizás no... Si ella estuviera me podría ayudar. Quizás no quería ser una... vampi... un monstruo chupasangre, pero se ha convertido en uno, y eso ya no lo podrá cambiar. Al menos esperaré a que nazca el bebé antes de terminar con mi horrible existencia, antes de terminar con esta pesadilla. Solo que siento lástima por el bebé, crecerá solo, sin nadie. Yo crecí sin padres, pero tenía a mis hermanos al menos, mi bebé no tendrá a nadie, no puedo morirme antes de que fuera mayor, adulto, antes de que sea independiente. Además si lo dejo solo con Rafaela ella lo convertirá en otro chupasangre, y eso si que no lo voy a tolerar, que haya arruinado lo poco que quedaba de mi vida, pase, pero que... ¿arruinara toda la vida que tenía por delante ese nuevo ser? ¡Nunca!

1 de marzo del año 1478

Vuelvo a despertar, está vez me cuesta más parpadear, hay mucha luz, me duelen los ojos. Gimo ligeramente por la excesiva claridad de la habitación, y ya tengo la delgada mano de Rafaela sobre el hombro. Durante los innumerables sueños que he tenido este tiempo que he dormido, algunos de los cuales eran pesadillas, cuando he tenido miedo he sentido esa mano en mi hombro. Ya no tengo miedo de ella, confío en ella, en que me protegerá, en que me cuidará, que me ayudará a sobrevivir, porque es lo que yo hago: sobrevivir. Muevo la cabeza, en su busca, y al verla, me sonríe y me muestra sus perfectos y afilados dientes. Me habla con su bonita voz como la última vez:
- Buenos días.
No puedo abrir demasiado los ojos: me duele la claridad que entra por, deduzco, una ventana, así que pruebo de decirlo, pero mi voz sale ronca y rugosa, y no puedo decir más que:
- L...Luz....

27 de febrero del año 1478

Abro los ojos, me siento pesada, no es de dolor, quizás es entumecimiento, no sé. Mientras procuro incorporarme sobre los codos emito un suave jadeo debido al esfuerzo. Entonces oigo un ruido, algo que se mueve. Tengo los ojos cerrados del esfuerzo y al volverlos a abrir, veo a alguien a mi lado. Una mujer. Una mujer bella, de rasgos salvajes y piel blanca como la nieve. Su pelo es negro como la mismísima noche y cae en cascada sobre sus hombros descubiertos y por su espalda. Y me mira con aquellos enormes ojos absorbentemente negros. Me asusto e intento irme para atrás. Se ve que ella lo nota y frunce el entrecejo, y me pone una de sus finas y huesudas manos sobre el brazo. Tiene las manos frías, pero no le doy importancia, tenía la sensación de ser yo quién está fría. Entonces reparo en su expresión: intenta calmarme, que no tenga miedo. Trago saliva y me vuelvo a colocar como estaba, me pongo cómoda, y la miro interrogante. Pongo las manos sobre la barriga, lo hago inconscientemente, lo hace mi cuerpo solo. Entonces ella abre la boca, y puedo ver una hilera de perfectos dientes blancos acabados en punta. Me recorre un escalofrío, y estoy a punto de alejarme, pero recuerdo que había pasado antes e intento relajarme y no darle importancia. Entonces habla, con una voz suave, aterciopelada y melódica la cual me suena extremadamente bien:
- Mi nombre es Rafaela, y seré tu tutora el tiempo que necesites tutela para controlar tus instintos.
¿Instintos?¿De qué me está hablando? Ni que fuera un animal, yo sé comportarme, alguna parte de mi mente me lo grita, me grita que yo he sobrevivido gracias a ellos, me grita que yo sé sobrevivir, que soy una superviviente. Y ella vuelve a hablar:
- ¿Me podrías decir tu nombre?
Abro la boca para hablar pero me quedo en eso. No lo recuerdo, además la mandíbula me duele, siento que algo pugna por salir, una sonido quizás, pero solo sale una especie de gemido de mi garganta. Rafaela cierra los ojos y suspira, cuando los vuelve a abrir me mira con ternura, antes de volver a hablar.
- Descansa, veo, que todavía no estás preparada.
Dicho esto, me ayuda a volverme a colocar, y está a mi lado en silencio, mostrando una actitud elegante, clásica, noble, típica de la aristocracia de verdad. Ese chica es alguien importante, lo puedo sentir, ese es mi último pensamiento antes de volver a caer en el sueño.

24 de febrero del año 1478

Abro los ojos. Ya no me duele, ya estoy bien. Mi cuerpo está bien, y la cabeza no me duele. Pero la barriga sigue allí, pero todavía más grande, más abrupta. Está cubierta así que no la veo. Miro a mi alrededor, no hay nadie, estoy sola. Me intentó incorporar, me caigo, así que optó por levantarme con los codos, y examinar el lugar donde estoy. Es una cabaña sencilla: paredes blancas, unos cuantos muebles sueltos: dos sillas, unas especie de mesa pequeña, un orinal en un rincón, tan solo una cama, en la cual estoy yo. No hay cocina a la vista. No sé en qué casa estoy pero es pobre. Después de reponerme unos minutos vuelvo a intentar levantarme, consigo sentarme. Me giro a duras penas y pongo los pies en el suelo. Éste está frío, por lo que me recorre un ligero escalofrío. Me intento ver los pies pero la tripa me lo impide. Por primera vez la examinó, me es conocida. No sé el porqué. No recuerdo nada sobre mí. No sé ni cómo me llamo. Me pongo en pie a duras penas e instantes después caigo desplomada de nuevo sobre la cama y pierdo la conciencia.

Día indeterminado del invierno de 1477/1478

Mi conciencia vuelve, el dolor persiste, ahora es mayor. Mis ojos están completamente secos, no puedo ni abrirlos, he estado llorando todos estos días, el dolor es insoportable, pero algo ha cambiado, ya no me siento sola, alguien está conmigo, quizás me lo imagino, imagino a mis difuntos hermanos al lado de donde esté dándome la mano, dándome ánimos, esperando que abandone la vida terrenal para ir con ellos. Es imposible murieron. Pero siento algo cogiéndome la mano, la estrujo y me lo devuelve tenue, pero está, entonces no me lo estoy imaginando, hay alguien conmigo. A pesar del dolor consigo articular una sonrisa, y las lágrimas de felicidad no me salen porque ya no tengo lágrimas.

Día indefinido del invierno de 1477/1478

Me duele, mucho, no puedo, quiero gritar pero soy incapaz, necesito hacerlo, desahogarme. ¿Qué me duele tanto? ¿El estómago? No. ¿La espalda? No. ¿Los riñones? No. ¿La cabeza? No. No lo sé... Ni siquiera puedo abrir los ojos. Debo tener fiebre, estoy ardiendo. Es una tortura, no puedo más, las lágrimas se me escapan de los ojos, ese dolor me agota la energía, no sé si volveré a abrir los ojos, creo que esto era lo que sentían mis hermanos cuando agonizaban, pero ellos no estaban solos, y creo que eso es lo que más me duele, no tener a nadie a mi lado, nadie que me coja la mano. Muevo la mano en busca de alguien, ligeramente, pero no pasa nada. Vuelvo a perder la conciencia.

Día indeterminado del invierno de 1477/1478

El frío, hace mucho frío, me está despertando, que alguien cierre la ventana, hace un frío infernal, me estoy congelando, me tiemblan los dientes, y estoy tiritando entera. Es horrible, tengo mucho frío y el dolor en el abdomen no cesa, me palpo el abdomen, sigue hinchado, abrupto, me duele. También la cabeza, casi no puedo abrir los ojos, prefiero no hacerlo, estoy exhausta, no puedo más, quiero morirme ya. Espera, ya debería haber muerto, nadie sobrevive a algo así. Estoy viva, por extraño que parezca.