27 de febrero del año 1478

Abro los ojos, me siento pesada, no es de dolor, quizás es entumecimiento, no sé. Mientras procuro incorporarme sobre los codos emito un suave jadeo debido al esfuerzo. Entonces oigo un ruido, algo que se mueve. Tengo los ojos cerrados del esfuerzo y al volverlos a abrir, veo a alguien a mi lado. Una mujer. Una mujer bella, de rasgos salvajes y piel blanca como la nieve. Su pelo es negro como la mismísima noche y cae en cascada sobre sus hombros descubiertos y por su espalda. Y me mira con aquellos enormes ojos absorbentemente negros. Me asusto e intento irme para atrás. Se ve que ella lo nota y frunce el entrecejo, y me pone una de sus finas y huesudas manos sobre el brazo. Tiene las manos frías, pero no le doy importancia, tenía la sensación de ser yo quién está fría. Entonces reparo en su expresión: intenta calmarme, que no tenga miedo. Trago saliva y me vuelvo a colocar como estaba, me pongo cómoda, y la miro interrogante. Pongo las manos sobre la barriga, lo hago inconscientemente, lo hace mi cuerpo solo. Entonces ella abre la boca, y puedo ver una hilera de perfectos dientes blancos acabados en punta. Me recorre un escalofrío, y estoy a punto de alejarme, pero recuerdo que había pasado antes e intento relajarme y no darle importancia. Entonces habla, con una voz suave, aterciopelada y melódica la cual me suena extremadamente bien:
- Mi nombre es Rafaela, y seré tu tutora el tiempo que necesites tutela para controlar tus instintos.
¿Instintos?¿De qué me está hablando? Ni que fuera un animal, yo sé comportarme, alguna parte de mi mente me lo grita, me grita que yo he sobrevivido gracias a ellos, me grita que yo sé sobrevivir, que soy una superviviente. Y ella vuelve a hablar:
- ¿Me podrías decir tu nombre?
Abro la boca para hablar pero me quedo en eso. No lo recuerdo, además la mandíbula me duele, siento que algo pugna por salir, una sonido quizás, pero solo sale una especie de gemido de mi garganta. Rafaela cierra los ojos y suspira, cuando los vuelve a abrir me mira con ternura, antes de volver a hablar.
- Descansa, veo, que todavía no estás preparada.
Dicho esto, me ayuda a volverme a colocar, y está a mi lado en silencio, mostrando una actitud elegante, clásica, noble, típica de la aristocracia de verdad. Ese chica es alguien importante, lo puedo sentir, ese es mi último pensamiento antes de volver a caer en el sueño.

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