24 de febrero del año 1478

Abro los ojos. Ya no me duele, ya estoy bien. Mi cuerpo está bien, y la cabeza no me duele. Pero la barriga sigue allí, pero todavía más grande, más abrupta. Está cubierta así que no la veo. Miro a mi alrededor, no hay nadie, estoy sola. Me intentó incorporar, me caigo, así que optó por levantarme con los codos, y examinar el lugar donde estoy. Es una cabaña sencilla: paredes blancas, unos cuantos muebles sueltos: dos sillas, unas especie de mesa pequeña, un orinal en un rincón, tan solo una cama, en la cual estoy yo. No hay cocina a la vista. No sé en qué casa estoy pero es pobre. Después de reponerme unos minutos vuelvo a intentar levantarme, consigo sentarme. Me giro a duras penas y pongo los pies en el suelo. Éste está frío, por lo que me recorre un ligero escalofrío. Me intento ver los pies pero la tripa me lo impide. Por primera vez la examinó, me es conocida. No sé el porqué. No recuerdo nada sobre mí. No sé ni cómo me llamo. Me pongo en pie a duras penas e instantes después caigo desplomada de nuevo sobre la cama y pierdo la conciencia.

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